De mi mayor aprecio, distinguido señor Conde:
De mi mayor aprecio, distinguido señor Conde:
Joaquín Maldonado
Sepa usted que nada me place más
que poder escribir y enviarle mis más finos saludos a usted, a la Corona y a su
muy fina esposa la Condesa. Espero que ambos se encuentren disfrutando de la
mejor salud en su casa de descanso, castillo de Miraflores, iluminado por el
sol en sus muros de cantera rosa, y protegidos por la Corona.
Le comparto que hace una semana llegó
Mendoza, pude reconocerlo a primera vista, quizá un poco más delgado, pero igual
de fino y servicial. Me ha traído una remedio. Los días son tan fríos y a veces
caigo en fiebres, la luz del día es escasa en esta fortaleza, las ventanas casi
nunca abren y la servidumbre también escasea, la comida, oh, de lo peor mi
Señor, es poca sí, pero suficiente Usted sabe que un noble debe serlo siempre, fiel
a la Corona y gentil hacia quienes le sirven y necesitan de su protección.
Señor Conde ¿acaso ha pensado usted
en la Corona?, oh la Corona señor Conde, cuanta sangre se ha perdido en nuestra
patria, y se perderá, ¿valdrá la pena? me pregunto, a veces a media noche
asaltado por las fiebres y la enfermedad, y me de inmediato me respondo, si, si
vale la pena, una y mil veces.
Tengo sueños que quisiera, si me lo
permite señor Conde, compartir con usted. Ya los he compartido con Mendoza, es
muy servicial, sirve ante todo a la Corona, también a mí me sirve. A veces las
fiebres me atacan y el viene por las noches, me ata las manos gentilmente para
que no me dañe. Le decía a usted, que tengo sueños, sueño cuando vivía en la
corte mi señor, éramos niños, ¿lo recuerda?, yo sí, estudiábamos francés con
aquel maître cómico, que delicia cuando
declamaba, era exquisito escucharle. A veces quisiera ir de nuevo al castillo,
pero las enfermedades me atacan mi señor, y le ruego mil perdones por no poder
ir a vuestro palacio de Miraflores.
Me gustaría escribir más a menudo,
una vez al mes sería estupendo mi Señor, mostrarle que aún estoy dispuesto a
servir a mi patria y a la Corona misma; sin embargo son épocas difíciles, le he
pedido a Mendoza me consiga papel y lápiz para este propósito, me ha dicho que hará
lo posible, pero lo posible nunca es suficiente, hay tanto que contar mi señor,
tanta vida que compartir, como cuando éramos jóvenes e íbamos de cacería,
pasaban los días sin contarse siquiera, en la corte, hablábamos francés y
bebíamos vino, íbamos a los bailes y las muchachas nos saludaban con una
deliciosa sonrisa siempre coqueta y hermosa.
Anoche me he puesto muy grave, Mendoza
ha venido a verme, le he pedido que le entregue a usted esta carta,
personalmente, carezco de sentido de la confianza mi Señor, nunca lo he tenido,
pero Mendoza me inspira la más absoluta de ellas. A veces en las noches al caer
en fiebres él acude a mi habitación, descorre el cerrojo que me aprisiona y
entra, entonces me ata los pies y las manos, no de la manera más gentil, pero sé
que es necesario, me ata y me deja en mi habitación, abandonado así a mis
delirios y sueños de mis días en la corte.
Me despido pues mi Señor rogándole
que no se me juzgue por mi locura, que se me considere siempre, y hasta mi
muerte misma, como el más fiel de sus defensores, de usted, de la Corona y de
su muy fina esposa la Condesa.
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