El amor en los tiempos de los emoticonos


Estamos en el año 2018, es el futuro. Me despierto  en uno de los suburbios de la ciudad de la Paz, el silencio se extiende sobre el vecindario, a lo lejos solo se escucha el sordo sonido de un camión recolector de basura. Las nuevas ordenanzas del ayuntamiento nos obligan a guardar silencio y a ahorrar ruido al mínimo necesario, so pena de recibir una amonestación municipal. Me levanto y me dispongo a tomar un baño. Enciendo el calentador marca General Electric de 220watts de ultima generación. Reviso mi celular LG de ocho gigabytes de memoria, veo que tengo mensajes: Sears me dice que me entiende, que pase a pagar mi adeudo, mientras Liverpool me dice que soy parte de su vida, que aproveche las ofertas del fin de temporada. Entro a la ducha y me lavo el cabello con el nuevo champú Vo5 con microesferas que dejan el cabello mas suave y manejable. Salgo de la ducha y mientras me seco con una toalla decido que vestiré la misma ropa que un día anterior, una playera negra Keneth Cole y un pantalón de mezclilla Levis desgastado. Las nuevas ordenanzas sobre el cuidado del agua y la cultura ecológica nos permiten  a quienes como yo no deseamos buscar ropa limpia en domingo.
Me visto, me peino con la mano y desciendo al primer piso. Tomo mis llaves de la mesa de la sala, guardo mi celular, salgo al patio, cierro la puerta de acceso principal. Subo a mi auto y cuando lo enciendo noto que el único sonido en el vecindario es el de el motor 1600cc de gasolina de mí auto.
Conduzco por calle Pelicanos, doblo por calle Albatros hasta tomar avenida las Garzas. Continúe por avenida las Garzas, dice el asistente de conducción. Aunque conozco el camino, una nueva orden municipal obliga a guardar y reportar los viajes de todos los vehículos circulando.
Llego al restaurante, es una armoniosa estructura formada por figuras geométricas de barras de acero y ventanas de cristal, en el interior, cubículos para cuatro personas con sillones beige de platico y mesas de MDF, que aparenta ser madera. Entro y busco una mesa con vista a la ventana y de ahí a la plaza comercial. Se aproxima un mesero y me comunica que mi orden es la 1085, que será un placer atenderme. Le ordeno al mesero un café negro con Splenda como sustituto de azúcar y un plato grande de fruta: piña, sandia, papaya acompañado de queso cottage, miel y granola. Mientras termino de ordenar y el mesero se marcha sin escribir una línea de lo que acabo de dictarle, mi teléfono celular me envía una notificación ordenándome que lo conecte a la corriente para la realimentación de su batería de litio. Busco debajo de la mesa y descubro una conexión para conectar ahí mi adaptador de corriente, un convertidor de 110 a 12volts. Lo conecto y mientras hago esto miro en mi ángulo de visión y a las once en punto una chica, digamos cuarenta años, sola, desayunando junto a su celular, noto que ella me esta observando. El mesero llega, me trae mi fruta, la preparo, le agrego queso cottage, agrego un poco más, para al final ponerle todo el frasco también me deja mi café el cual coloco a un lado de mi fruta. La chica ya no me mira, pero sigue ahí, viste un pantalón de mezclilla deslavado y una blusa de puntos azul, está revisando su celular. Sin pensarlo tomo la iniciativa, me levanto de mi sillón y abandono ahí mi celular, mis lentes y mis llaves de mi auto. Me cerco a su mesa y justo frente a ella la saludo. Hola, Hola, que tal, desayunando? - si lo sé, que frase más vulgar - más bien, tomándome un café. Sabes me gustaría conocerte – yo directo al grano, eso si – y me pregunto si acaso – empiezo a titubear – si sería posible – que pasa con la seguridad – me pudieras, claro si no te molesta – estoy perdido – pasarme tu numero de wasap, para conocernos mas por mensaje. Tienes en que apuntar? Bueno, no, deje mi celular en mi mesa. Bueno, pues consigue una pluma. Voy al mostrador por una pluma, regreso, anoto su nombre y teléfono, se lo repito para verificar, le doy las gracias y le deseo un bonito día y por ultimo regreso a mi mesa donde ya me esperan mis lentes, mi celular cargando y mi café.
Dejo que transcurra todo el domingo, y al día siguiente, lunes, le mando mensaje, o bueno casi un mensaje, mas bien una imagen con una carita sonriendo, un emoticono. Después de unos minutos ella contesta de la misma forma, con un emoticono saludando, y así durante la semana nos empezamos a conocer entre mensajes y emoticonos, el martes ya sabemos en que nos ganamos la vida, miércoles, que si has estado casado, has tenido hijos, el jueves que nos parecíamos unas excelentes personas uno a otro y el viernes que ambos nos merecíamos unas excelentes parejas, ella un hombre fiel que la considerara y mantuviera económicamente, ultimo punto al cual yo no estaba de acuerdo en lo absoluto, pero me reservaba mi opinión, y que yo merecía una mujer cariñosa y poco exigente, punto al cual ella tampoco estaba de acuerdo, pero de la misma forma se guardaba su comentario.
Nuestra ocupada y moderna vida, mis responsabilidades como ejecutivo del ayuntamiento y de ella como activista ambiental: las idas al gimnasio, las compras del super, las reuniones de trabajo y las presentaciones de ella sobre el daño de la basura al planeta, nos hacía imposible siquiera el agendarnos una reunión mutua, así que los mensajes de wasap fueron testigos fieles de nuestro amor y ya para el sábado los emoticonos de abrazos y besos no se hicieron esperar. Me sentía afortunado de esta mi nueva relación, de haberla conocido y me preguntaba a mí mismo si acaso se podía pedirle algo más a la vida.

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