El profesor de español y la conquista de bizancio


Hace un par de años, y cuando mi hijo Joseph estudiaba el tercer año de la secundaria, año que parecía no ser su mejor año, sino el peor. Fui llamado yo por el profesor Miranda, un tipo delgado moreno, que era el asesor educativo del tercer año, me cito en su cubículo del salón de profesores para revisar las pésimas calificaciones de mi hijo.
Me recibió en su cubículo el profesor Miranda, alto el, usaba lentes de pasta, que ajustaba al hablar. Me agradeció la visita, hay padres que nunca se paran por la escuela, dijo. Gracias por su tiempo profesor, le conteste. Mando el profesor Miranda a traer a mi hijo Joseph al cubículo, yo no le había apercibido nada a mi hijo, a fin de tomarle por sorpresa. Efectivamente, si le tomo por sorpresa, llego al cubículo y ambos, padre e hijo nos sentamos frente a una pequeña mesa de madera detrás de la cual el profesor Miranda se acomodaba sus lentes de pasta para empezar con el motivo de nuestra reunión.
El profesor Miranda empezó a hablar, nos dijo, a mi hijo y a mí, que Joseph no aprendía los números primos de matemáticas, que no conocía las fórmulas de la molécula del ácido sulfúrico para química ni tampoco dibujaba los mapas de América para la clase geografía, que de doce materias tenia reprobadas cuatro y dos con apenas seis de calificación. Aquello debo reconocer era una golpiza para mi hijo, faltaban trabajos de entregar en química, esos ya los entregue, dijo mi hijo, con lo cual salió a la pelea, eso no es cierto, arremetió el profesor, debes el de marzo y el de este mes, Joseph rojo de vergüenza intento articular una respuesta, debo confesar que ese intento por defenderse en lo mas tupido de la contienda me lleno de orgullo, como siempre me solidarizaba yo con el perdedor. Hizo una pausa el profesor Miranda para mandar traer al cubículo al profesor de matemáticas, al de química y al de español, que eran las materias donde el profesor Miranda consideraba había que poner la mayor atención. Señor Roseau, me dijo, mandare traer a estos profesores, con intervalos de quince minutos cada uno para que nos expongan los adeudos en tareas, trabajos y asistencias que tiene este caballero, refiriéndose a mi hijo, con ellos. Le comento que en el caso de matemáticas y química no es tan grave, lo grave es con el profesor de español, donde los alumnos han perdido todo el respeto por la disciplina y se salen de clase, se van a las canchas y algunos de plano se acuestan en el pasto dejando abiertos sus libros en el suelo. Dicho esto se despidió y salió del cubículo.
Se presentó con nosotros el profesor de matemáticas. Caballero, refiriéndose a mi hijo nuevamente, usted me debe los trabajos de marzo, esos ya los tengo, respondió el caballero, si, pero usted aun no me los ha entregado, y si usted aun no me los entrega, usted tiene cero caballero, cero porque yo no puedo ponerle a usted calificación. Señor, refiriéndose a mi, este caballero, refiriéndose a mi hijo, es un buen alumno, o solía serlo, considero yo ha sido difícil para el y otros caballeros, refieriendose a sus compañeros de clase, el cambio de año, es este su ultimo año en la secundaria, este caballero me debe a mi trabajos, sé que me los entregara, porque es buen alumno en el fondo, el problema señor, es la clase de español, ahí si para que vea, ahí si no hay orden, disciplina!, nada, si no hay disciplina no hay nada señor. Se levanto y me extendió su mano, me levante del mismo modo, muchas gracias profesor. Salió del cubículo.
Con el profesor de química fue algo similar, señor Roseau, refieriendose a mi hijo, le he hecho yo a usted una lista de todos los trabajos que usted me debe, quiero que la lea, se la extendió, espero a que la leyera, léala en voz alta, así lo hizo mi hijo, esta usted de acuerdo, mi hijo asintió, pues bien, va a firmarme usted que me los entregara este mismo mes, como compromiso. Mientras mi hijo tomaba la pluma, yo pensaba, yo no firmaría, no se siquiera cuantos trabajos sean, Señor, ahora refiriéndose a mí, el señor Roseau no tiene problemas conmigo, es solo cuestión de responsabilidad! Sin responsabilidad no hay nada, el problema es en clase de español, ahí si nadie es responsable, todo es una fiesta, un carnaval, una francachela, sin responsabilidad no hay nada. El profesor tomo el listado que mi hijo acababa de firmar, se levanto y salió del cubículo.
El profesor de español vestía un viejo saco azul marino, camisa blanca, sin corbata, pantalones un poco mas largos de lo necesario, un corte que no le favorecía y si se me permite podría decir que no infundía la mas mínima autoridad. Como el profesor no hablaba, entonces hablé yo, profesor, gracias por su valioso tiempo, me gustaría que me dijera como se esta comportando mi hijo, y cuales son los adeudos que él tiene el cómo alumno y como persona con usted. Caballero, refiriéndose a mí, llevo yo veinte años como profesor de la signatura de español. Su hijo a mi no me debe nada, ningún trabajo, ninguna asistencia o tarea, los trabajos tareas o asistencias no le sirven al individuo. El trabajo del profesor no es el de evaluar, el de contar trabajos o asistencias, el trabajo del profesor es el de inspirar a aprender. Yo quiero preguntarle a usted, si usted sabe lo que yo espero de su hijo, yo, yo no espero nada, nada de él. Algunos alumnos son altaneros, es cierto, no respetan, pero que podemos esperar de gente tan joven sino que se equivoquen. Y yo, yo que les pido a ellos, si acaso se me pregunta que les pido, les pido leer, al inicio de mi clase les doy un libro, son libros de la biblioteca, algunos nuevos, otros viejos, les doy un libro a cada uno, de la revolución francesa, de la toma del imperio bizantino por los turcos, o de la selva amazónica, hasta de las culturas incas. Ellos los toman y los pueden intercambiar por el que mas les guste si así lo quieren. Les pido que salgan del salón, que vayan al pasillo, es más, que vayan al patio, a las canchas, que se acuesten en una banca, o en el pasto, que se pongan cómodos, y ya cómodos, que lean, sin que nadie se los pida, sin que los obliguen, que lo hagan por gusto, por el goce de conocer.
Al final me despedí del profesor de español, enojado, nunca, más bien me sentí inspirado, con ganas de entrar a una biblioteca y leer algo de la revolución francesa o de la toma del imperio bizantino por los turcos.

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