La Inundación
La Inundación
Señor, buen día. ¿Es este el puerto de la Paz?, preguntó el forastero.
Buen día caballero, contestó un hombre
vestido de oficial marino. Si, aquí es el puerto de nuestra serenísima Virgen
de La Paz, o bueno, solía serlo, porque hace un año, después de la tormenta
Odile nada quedó: el muelle, los barcos y los pequeños caseríos que se
dibujaban desde la playa y que se perdian por la orilla del pueblo, fueron
todos destruidos; algunos por el viento, otros por la subida de la marea y los
demás por la inundación de tres días de incesante lluvia. La gente dice que
cuando más llovía se formó un gran remolino que se levantó del mar, de más allá
de aquel brazo de tierra que le llaman el Mogote. Venía ese remolino cargado de
agua y peces. - ¿Peces vivos?, interrumpió el forastero.- Vivos y
muertos, peces grandes, enormes, hay quienes dicen que también venían calamares
gigantes, monstruos, de esos que solo se escuchan en los cuentos pero que
nunca se ven.
Aquí mismo donde estamos parados era el muelle, prosiguió el oficial. Aquí
estaba atracado un barco de turistas alemanes, que ese mismo día llego al
puerto. Era una mañana espléndida, soleada y el viento fresco movía las hojas
de los almendros en las calles. Algunos turistas descendieron del barco a
comprar recuerdos con cajas adornadas por conchas de mar, abanicos y sombreros
de palma mientras disfrutaban de un ron con menta y hielo en los cafés del
malecón, otros más permanecieron en el barco para así ahorrar el pago de diez
dólares por descenso en puerto.
Bueno pues aquí mismo donde está usted parado caballero, aquí estaba esa embarcación
que llego esa mañana. Yo era uno de los oficiales de puerto y me encargaba de
recibir a los barcos: revisión de documentación, pasaportes, registros de carga
y pasaje. Recuerdo que eran las diez de la mañana cuando llegó el barco alemán;
para las dos de la tarde empezó a llover y ya para las seis de la tarde una
enorme cortina de agua y peces se levantó, más allá de ese brazo de tierra que
le llaman el Mogote, y se vino encima de nosotros, muchos turistas se
guarecieron en el edificio del viejo ayuntamiento y otros más en el quiosco del
malecón, de donde el agua después se encargó de ellos con la crecida de la
marea; pero aquellos que permanecieron en el barco, los que guardaron sus diez
dólares para bajar en un siguiente puerto, esos quedaron cubiertos de agua y
peces.
- Y
usted ¿dónde estaba?, dijo el forastero azorado por el relato.
- Yo
estaba aquí mismo, donde ahora le estoy hablando, era oficial de puerto en ese
entonces.
-
¿Cómo es posible que usted se haya salvado?
- No
lo hice, el agua me tragó, me llenó los pulmones de arena y agua de mar. Ahora
soy un fantasma.
-
Pero, ¿cómo es eso posible? Entonces, ¿Quién soy yo?
-
Usted también, usted era un turista alemán.
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