Le falta un veinte


Entonces de ahí viene la frase no le cae el veinte, que es que no entiende la idea, o le falta un veinte, que es que no tiene la capacidad de entender algo. Pues estos teléfonos públicos, que eran unas cabinas de plástico transparente y sujeto a un poste de metal, con una alcancía que recibía las monedas y una bocina con un audífono que permitía escuchar y hablar a la vez, eran activados por una moneda de veinte centavos. La moneda se colocaba a la entrada de la alcancía, enseguida se marcaba el número de teléfono, y si había suerte y se contestaba la llamada, entonces el teléfono se tragaba el veinte y dejaba hablar por espacio de tres minutos.

Entonces de ahí salen estas frases, que si se traga el veinte, que es que nomás se comió la moneda, pero no dio llamada. Que si no le cae el veinte, que es que no sirve, o que si le falta un veinte, es que para funcionar, para servir, ocupa un veinte. Todas estas frases se aplican al teléfono, y a las personas también. Bueno pues para poder usar el teléfono, había que hacer cola, formarse en una fila y esperar a que el que estaba haciendo una llamada, que podía ser a su oficina para avisar que estaba indispuesto porque un día antes se había tomado unas cubas con bacardi blanco, coca cola y hielos con su compadre y ahora no podía ir a trabajar. O el que hablaba para preguntar si aún estaba disponible el trabajo, porque sino estaba disponible, pues que caso tenia ir a perder su tiempo. o como la chica que un día esperaba detrás de mi en la fila para usar el teléfono, una morenita delgada de pelo chino, a quien de inmediato cedi el lugar para hablar primero, y que me pidió que yo le hiciera el favor de hablar , yo muy atento accedí ante esta petición. Me pidió que le llamara a un número de teléfono, lo hice así, al pie de la letra, llame, puse la moneda, me contestaron, pregunte por alguien, no estaba y así se lo hice saber.

Termine de hacer el favor y la señorita, que se llamaba Nancy, y que era un pimpollo, me pregunto qué iba a hacer en ese momento y toda la tarde. Yo, olvidando mi propia llamada, le dije que nada, así que ella me invito a acompañarla. Así lo hicimos, fuimos primero a un salón de belleza, y después me pidió que más tarde pasara por ella para ir a una fiesta en casa de una amiga suya. La reunión era a las ocho y estuve muy puntual, al término de la fiesta y ya de regreso a su casa me besó, creo que ella buscaba a otra persona por teléfono, pero se adaptó a mí, y yo a ella, debo decir que fue una tarde genial. También eso nos regalaba los teléfonos de cabina. Y de la señorita, es otra historia, y por cierto, le faltaba un veinte.


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