Verdadera vocación


Esa tarde me encontraba yo en el centro cultural de la universidad, un edificio moderno que por un lado tenía un amplio salón de usos múltiples y a su espalda aulas para talleres culturales. Estaba yo inscrito desde hacía un par de meses en un taller de narrativa que coordinaba una joven y talentosa escritora. La mecánica del taller era sencilla: se trataba de escribir, la coordinadora explicaba un tema, y escribíamos un texto o relato relacionado a este, una vez terminado lo leíamos en voz alta ante los presentes quienes atentos escuchaban, o al menos fingían hacerlo, se hacían comentarios y el escritor asentía con la cabeza mientras prometía hacerle correcciones a su escrito, yo por mi parte decía por dentro, ni pienses que se lo voy a cambiar, pero que tontería lo que me dices, no tiene sentido. La clase empezaba a las cinco y terminaba a las siete. Yo era uno de los primeros en llegar y de los últimos en irse, éramos un pequeño grupo de unos siete participantes, varios de ellos jóvenes estudiantes de la universidad y algunos como yo, no tan jóvenes y ya entrados en los cuarenta y tantos. Teníamos clase los lunes y miércoles dos horas en cada día, lo cual era genial porque permitía escribir dos veces a la semana y probar lo escrito en el taller.
Nos despedimos cinco minutos antes, al salir caminé rodeando el centro cultural para dirigirme por los pasillos hacia mi auto. Si bien hacia algo de calor, el viento de la tarde soplaba y se podía caminar en los pasillos por debajo de la sombra de los cerezos y los arboles de mango, deje el centro cultural y me dirigí hacia el estacionamiento por el pasillo que corre junto al edificio de servicios escolares.
Justo ahí, enfrente de servicios escolares y de la puerta de acceso principal salió un tipo de unos cuarenta años quizá, se le veía distinto, la barba cana y también el cabello, lo había conocido hacia unos diez años ahí mismo, en aquel entonces él era profesor de la ingeniería en sistemas y recuerdo estaba casado con la sobrina del rector de la universidad y yo les había dado a él y a un grupo de profesores un curso de bases de datos. En ese entonces yo era experto en este tema.
Qué onda Joaquín, me saludo, Que tal, conteste, no recordaba su nombre así que decidí evitar el mencionarlo. Como te ha ido, le pregunte yo por cortesía, recuerdo que eras profesor. Sí, me contesto,  era profesor, ahora soy profesor investigador. Debo confesar que eso fue un golpe a mi ego, era un equivalente a decir: tengo un doctorado. Tu qué haces? Me regreso la pregunta. Sigo trabajando en gobierno del estado, conteste. Aquí vino la segunda arremetida contra mí ya lastimado orgullo ingenieril, me contó: fíjate que nosotros estamos haciendo un sistema para gobierno, es un Big Data. Esta maniobra confieso me tomo por completo de sorpresa, es más me noqueo. En primer lugar quien trabaja en gobierno soy yo, y sin embargo, tenía cero conocimiento de este sistema, además, para hacer más cruel mi derrota tuve que reconocer para mis adentros que no sabía nada de Big Data. Quien es la dependencia que se los pidió? le pregunté. Es para la oficina del gobernador, respondió. Y cuál es el objetivo del sistema?, dije, apurado por saber. Es la generación del PED, el programa estatal de desarrollo. Qué bien, dije débilmente. Entonces recordé que en la oficina ya nos estaban solicitando información que muy probablemente era para ese sistema.
Hubo una pausa y después el pregunto, y tú, que haces en la Universidad? Estoy en un taller de narrativa, respondí. Oh que bien, tengo un cuñado que también está escribiendo, me contó, el es funcionario pero ya incluso esta por publicar su libro. Bueno, yo soy un escritor aficionado, le conté, siempre me ha gustado escribir, me es muy satisfactorio, agregué humildemente. Pues que bien, síguele por ahí, me dijo, quien quite y esa sea tu verdadera vocación. Al final no supe si esta fue una frase esperanzadora como escritor o una despedida como ingeniero.

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